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Oct 19, 2011

Melancholia (2011) - Lars von Trier


por Gonzalo de Miceu

Como ocurrió con “Antichrist”, Lars von Trier se hizo una vez más centro en las ruedas de prensa  de la octava jornada del festival de Cannes 2011. Esta vez en una suerte de tomada de pelo, afirmando que entendía a Hitler, a la persona Hitler, y que era nazi. Es moneda corriente que  von Trier presente sus últimas películas en Cannes envueltas por todas estas controversias que hacen saltar la ficha de los que buscan un chisme para generar polémica en lugar de prestar un poco más de atención al cine. Es que esto es en lo que se convirtió Cannes en la última década, la versión pseudo snob de un programa de Jorgito Rial que asegura una venta popular entre los intelectuales. 

“Melancholia” fue bien recibida por el público a pesar de los dichos del director danés. Mejor recibida que “Anticristo”. Me hizo ruido como se comportó la crítica ante los últimos estrenos de von Trier. Tanto “Antichrist” como “Melancholia” trabajan tópicos desgastados por los grandes estudios hollywoodenses. El apocalipsis, el fin del mundo, el planeta que se estrella contra la tierra acabando con toda vida y existencia. 


 La primera decisión que toma el director es afrontar el último cataclismo a nivel micro. Ya no más secuencias del gobierno y la Casa Blanca, de alguna familia descompuesta, de los militares y sus tácticas fallidas o de algún amor desencontrado.  La totalidad de  “Melancholia” toma lugar en una campiña con campo de golf donde se trabaja a modo de laboratorio la relación entre dos hermanas y sus respuestas ante el desastre inminente. 

Hay algunas elecciones estéticas repetidas de “Antichrist” a “Melancholia” o características del cine de von Trier. El filme inicia con un prólogo a cámara lenta, de imágenes poéticas u oníricas, acompañadas por la música “Tristán e Isolda” de Richard Wagner, que se va a convertir en leitmotiv de todo el filme.  La narración está dividida en capítulos. Uno para cada hermana. Primero “Justine” –interpretada por Kirsten Dunst- que se centra en las nupcias de una boda fallida, con cierta reminiscencia narrativa a “La celebración” (1998) del Dogma  95. En segundo lugar, la historia de “Claire”, interpretada por Charlotte Gainsbourg  –actriz que se lleva todos los méritos en “Anticristo” y en esta película también- . El capítulo avocado a Claire se focaliza en la venida del planeta Melancolía, próximo a colisionar contra la Tierra, y en el drama familiar que se desata entre Claire, su esposo John –interpretado por Kiefer Sutherland-, el hijo pequeño del matrimonio, y la hermana Justine. 


Lars von Trier tiene gran aptitud para tratar con personajes detestables. Detestables pero queribles.  Así todo el ensañamiento contra Charlotte Gainsbourg en “Anticristo” se encuentra sostenido por ser la viva encarnación del mal interior al ser humano. No sucede lo mismo con Kirsten Dunst, esta especie de ninfa profética desalmada que busca redención en la última escena.  Von Trier tiene una gran habilidad para tratar con toda una virtualidad muda que esconde el accionar de los personajes. El problema con Dunst es que va a los saltos, indirectamente se apodera de todo el mal que se avecina. Como si fuera un personaje que se adueña de una verdad frágil y la eleva hasta hacerse dictadora, quizás por eso las declaraciones de von Trier en su simpatía con Hitler. El ensañamiento con Justine va más allá de una decisión estructural o psico-social del personaje, y esta vez no cuenta con el 666 para apoyar las directrices virtuales que esconde Justine. Es por eso que la última escena, la búsqueda redentora  que emprende la hermana que se acuesta desnuda a la madrugada en el bosque para masturbarse con la llegada de Melancolía, borra todo el caos que pareciese guiar a Kirsten Dunst. La arquitectura eléctrica, barroca de Justine, cae en lo superficial, en lo trishado de un personaje disfuncional y enfermo que esconde bondad y preocupación genuina  en su interior. Justine adquiere el carácter divino del profeta, del oráculo que anuncia y cuya palabra es verdad. Es la operación inversa a “Anticristo”, mientras Charlotte Gainsbourg se apropia de toda una cultura del mal para hacerla humana, Kirsten Dunst se santifica como último gesto divino y mártir. Quizás podría pensarse que Lars von Trier propone un diálogo entre estos dos personajes, entre estas dos películas que marcan la nueva línea de von Trier, hacerse de tópicos quemados por las productoras de Hollywood y vaciarlos para incrustar un drama existencial y oscuro. 


Oct 6, 2011

2012 (2009) –Roland Emmerich


El hijo putativo de los estudios



A fines de los noventa las teorías apocalípticas se volvieron moneda corriente, desde las profecías de Nostradamus el fin se volvió un hecho cercano. Roland Emmerich erudito director en el genero (Día de la independencia-El día después de mañana) no podía quedarse afuera de llevar a la pantalla grande el mito maya del fin del mundo. Asociado con la maquinaria Hollywoodense se dio el lujo de filmar una película de 152 minutos con un presupuesto de 200 millones de dólares, donde el mundo literalmente se va al carajo.
La película da inicio con la estructura trabajada anteriormente por el director. Diferentes puntos del planeta se conectan a través de las comunicaciones para el pasaje de información sobre la catástrofe. El epicentro es Washington D.C, cuna del presidente de los Estados Unidos. Nuevamente se retoma esta idea de que USA es el centro de control planetario, el primero en equivocarse (indignante autocrítica falsificada) y el primero en encontrar la solución.
Uno de los tópicos expuestos desde el comienzo del film es la hostilidad de la naturaleza frente al uso imprudente de los recursos naturales por parte del humano. La lucha es planteada en desigualdad de condiciones. Los científicos deben de convencer a los políticos escépticos de la magnitud del problema para tomar cartas en el asunto. Haciendo alusión al reciente electo para presidente Barak Obama (Nobel de la Paz), Emmerich escoge a Danny Glover para el papel de presidente, un negro demócrata de actitud liberal y moral altruista, que no duda en dar su vida por la nación. Los presidentes de Roland son una partícula regenerativa en el poder corroído, son los que asumen la realidad del caos y ponen el cuerpo para combatirlo. En esta actitud kamikaze permiten a sus colegas tomar conciencia de los hechos.  


La tierra será destruida en el 2012 como el calendario maya predice. En el 2009 se comienza a vislumbrar el fin con la alineación de los planetas con el sol. El sol sufre de las mayores tormentas solares jamás registradas, lo que ocasiona el calentamiento del núcleo de la tierra. Confirmados por medios científicos los eventos catastróficos, la IHC (organización secreta que cuenta con la colaboración de todos los gobiernos del mundo) comienza con la construcción de arcas en la cima del Himalaya. Las arcas se constituyen para salvar a un grupo representativo de la humanidad como legado de la especie, pero terminan imbuidas por las redes capitalistas. Los asientos cuestan 1000 millones de euros, por lo que el único legado de la humanidad serán los multimillonarios.
Jackson Curtis (John Cusack) es un escritor y padre divorciado que se ve ante la disyuntiva de sobrellevar la relación con sus dos hijos Noah y Lily tras la ruptura con Kate su ex mujer que ha rehecho su vida junto a Gordon. Jackson planea un viaje familiar para pasar más tiempo con sus hijos pero se sale de control cuando el caos emerge. Allí ingresa el personaje de Charlie Frost (Woody Harrelson) un lunático investigador que le cuenta a Jackson el destino del planeta. El gobierno se llama a silencio para evitar el miedo, pero las evidencias del Apocalipsis están a la vista.


Emmerich emplea la vorágine a modo de redención y unidad. La familia fragmentada se ve envuelta en una serie de vicisitudes para salvarse ante el inminente fin. Pero es en esta situación adversa que los lazos se reconstruyen. Como buen cristiano Roland se permite que el padre sustito muera y así sin más Curtis recobre su puesto. Sin dar lugar al remordimiento por la perdida, Katie inmediatamente se aferra a su verdadero amor y la familia se abraza en un plano que roza lo telenovelesco.
Mientras tanto se suceden sismos por todo el mundo. La teoría de que las placas teutónicas acabaran por desestabilizar al planeta creando la mayor oleada de terremotos y tsunamis en la historia del hombre, se concreta. El abundante  presupuesto de la película le permite a Roland derribar Las Vegas, arrastrar al portaaviones USS J.F.K contra la Casa Blanca, sumergir a Hawai en toneladas de lava,  arrasar a la India bajo un tsunami, hacer al Cristo Redentor de Rio de Janeiro sucumbir sobre el Cerro Corcovado, reemplazar el iceberg del Titanic por el mismísimo monte Everest y llevar su ambición latente por el fin hasta el extremo. Pero la catástrofe (habitual en su cine moralista) acuña un humanismo trunco hasta el momento, que emana junto a la tensión dramática. Las personas acuden a la fe mientras los multimillonarios acuden a sus plazas en el arca. La necesidad de brindar un mensaje positivo hace que a último momento se tome en consideración al prójimo y se olviden las ambiciones personales, la individuación se traslada a lo colectivo: “El día en que dejemos de luchar por los demás, ese, será el día, en que perdamos nuestra humanidad”.
A diferencia de directores de la talla de Fritz Lang o Alfred Hitchcock que supieron trasladar su estética e impronta a los estudios de Hollywood. Roland jamás pudo plasmar cierto rasgo de autor o estilo en sus films norteamericanos. El hijo putativo de la industria nada conserva de su nación. Su cine manifiesta los tópicos recurrentes del ser estadounidense, un nacionalismo y patriotismo imperecedero junto a la religión como eje concatenado. Así es como elabora estos films de catástrofe donde la conspiración muta hacia una cooperación internacional. Creando una compatibilidad irrisoria de distintas doctrinas políticas, ideológicas, morales y éticas de los sistemas sociales. El desafió de la humanidad para anteponerse al caos hace germinar una capacidad colectiva para reconocer los problemas tácitos y así encontrar soluciones dignificantes y liberadoras.
El Arca de Roland asegura la verdadera especie que debe prevalecer al cataclismo y da lugar a un par de personas cualquiera como si se buscase un resabio de futuros explotados para el nuevo mundo.  Emmerich trata de enviar un mensaje positivo de la humanidad pero sin darse cuenta manifiesta la verdadera crueldad impune del dinero por sobre el hombre.


Jennifer Nicole Feinbraun


May 16, 2011

“Le temps du loup”(2003) Michael Haneke

¿Cómo sobrevenirse al fin?¿Cómo contarlo?

«El hombre es un lobo para el hombre.»
Thomas Hobbes


           
            Cuando Haneke decide llevar este mito alemán al cine se sabe de antemano que no será una película digerible sino todo lo contrario. En una época en donde abundan las películas de ciencia ficción apocalípticas emerge Le temps du loup, un film que, con un tema afín a dichas producciones, imprime en la problemática del caos y el fin, otro discurso y otro registro. A diferencia de otros films apocalípticos, en la película de Haneke los efectos especiales quedan relegados por la fuerza y crudeza misma de esa imagen realista depurada. Es la falta de información dada al espectador lo que inquieta, es el planteamiento de un fin más verosímil lo que lo emociona, dado que es de conocimiento público que los recursos naturales llegaran a su fin por la falta de conciencia del ser humano. Entonces sin necesidad de un presupuesto extravagante, nos adentramos en un clima verdaderamente desolador.    
            Una familia burguesa llega a su casa de campo con el auto repleto de pertenencias por lo que asumimos que no vienen a tomar unas vacaciones sino a instalarse en la propiedad, pero al ingresar a la misma se ven sorprendidos por la presencia de otra familia que los obliga a dejar la casa. Es curioso en este sentido que el padre de familia apele al valor de la propiedad privada para sostener su demanda, dado que en el estado presente ésta ya perdió su valor puesto que es otro el régimen vigente. La tensión de la escena desemboca, apenas comenzado el film, en un acto trágico, con reminiscencias de Funny Games la película se inaugura.
            Convendría en primera instancia hacer algunas observaciones de cómo la película se estructura en términos narrativos dada la relación que se establece, en relación al “saber”, entre los personajes y el espectador, así como entre los mismos personajes. La película como es habitual en Haneke nos deja a la deriva en ese mundo apocalíptico que estamos visualizando. No se sabe que es lo que ocurre, no se conoce el pasado y jamás nos es devuelto. Pero lo interesante es que al no tener respuestas quedamos homologados con los personajes dado que ellos tampoco comprenden su situación, más allá de haber vivido ese pasado. Por lo tanto, la falta de información sería una clave de lectura del film. Todo es ambiguo, nada se actualiza, no se nos da lugar al estancamiento habitual de visualización pasiva, nada está digerido, así uno se encuentra a la expectativa de una respuesta, de una explicación que nunca llegará. De esta manera sufrimos a la par de los personajes esa agonía, esa incomprensión, esa falta de respuesta ante el caos.
            En este estado de incertidumbre vemos a una familia fracturada en búsqueda de ayuda: la gente los rechaza, les dicen que se vayan, todos se comportan egoístamente. Pero, ¿cómo juzgar a alguien que también se haya sumido en la supervivencia? ¿Cómo hacerse cargo de otro cuando no es posible ni hacerse cargo de uno mismo? Mismo la señora que los ayuda pide que no se entere su marido, hay miedo en el aire. A medida que recorren el pueblo se nos introduce en un mundo desarraigado, paisaje árido, quema de animales, cuerpos tirados, una niebla asfixiante, un frío que quiebra la pantalla. El Apocalipsis ha llegado y hay que buscar una salida para sobrevenirse al fin. 
             Pasada la primera media hora de película se encuentran con el resto de los sobrevivientes que viven a la espera de un tren que los lleve hacia otra parte, que los saque de ese sitio ultrajado por la falta de recursos naturales. En esta estación de tren abandonada es donde empieza a surgir una nueva comunidad, con nuevas leyes, líderes y normas de convivencia. Aquí Haneke hace un estudio minucioso de los comportamientos humanos en relación a esta situación extrema en la que se ven inmersos, es decir, de qué manera el carácter se ve afectado en su confrontación con un medio hostil.
            Dentro de esta “comunidad” formada por el azar de sus destinos truncos surgen diferentes tipos de modalidades de relación. Aquí ya no rigen las normas comunes de un régimen capitalista sino que se retorna a un estado primitivo. La economía es manejada por el trueque, los elementos pierden su valor y adquieren otro, los bienes materiales (reloj, bicicleta, joyas) están en detrimento de los bienes naturales que son realmente los que cuentan ya que son estos los que hacen posible la supervivencia. Por otro lado surge un líder que trata de mantener ciertas reglas para que el caos no se apodere de la situación, pero él mismo en la medida que obtiene respuesta a su dominio se empieza a posicionar de una forma más déspota: el hecho de portar un arma y de ser el encargado de las relaciones con el “exterior” lo posicionan por sobre el resto.
            En tanto la película avanza el régimen va perdiendo peso, el caos se va generalizando, las discusiones son más fuertes, la desconfianza en el otro mayor, la discriminación e inseguridad provocan peleas que llegan a la agresión física. El llanto es una constante y la muerte una salida en uno de los casos. La gente va llegando de otros sitios y la organización  comunal se va complejizando. Retomando la escena inaugural del film, las familias confrontadas se reencuentran, ya ahora escindidas. Pero nada sucede puesto que no es posible diferenciar víctimas y victimarios, ni es posible determinar ninguna verdad sobre lo acontecido. Los lugares ocupados por las personas son variables, nada esta fijado, cuando se reclama por algo propio, se cae en la constante de que ya nada le pertenece a nadie.         
            Atravesando esta situación aparece un pensamiento mágico a través del mito de los “justos”. Resulta interesante esta encrucijada entre el caos y el mito, dado que no es casual que en un estado de opresión, la búsqueda de fuerza para anteponerse a ese mundo provenga de un más allá, de una divinidad, de la fe. Por otro lado, la perspectiva expuesta es ambigua dado que circulan dos versiones diferentes sobre los “justos”: por un lado los “justos” son 36 hombres que garantizan la existencia y la protección de Dios con su vida; la otra versión dice que éstos deben sacrificarse para, de esta manera, devolver el mundo a su curso. Esta segunda versión es tomada por el niño, intentando ubicarse a sí mismo como uno de los “justos” y provocando a través de su inmolación, la salvación del mundo. Sin embargo, a último momento es salvado por un miembro de la comunidad, y es justamente en este gesto donde la película se cierra.
            La inocencia y valentía de esta criatura es la metáfora que aglutina el pensamiento del director. El chiquito toma una posición y la lleva a cabo, podríamos interpretar que el hecho de ser un niño es lo que le permite no tenerle miedo a esa muerte y a preferirla en lugar de la tortura de esa vida vacía. El mito de los justos le agrega color a la situación pero tal vez lo que realmente se discute aquí es el miedo al fin, cuando el fin ya ha llegado hace rato. Se cuestiona al ser humano en una situación límite, al tiempo que se analiza la violencia despertada en relación al instinto de supervivencia. Con un plano característico del director la película llega a su fin: una subjetiva desde arriba de un tren que nos hace pensar que probablemente esta gente haya logrado su cometido (escapar de ese lugar) o, en su defecto, pueden haberlos ignorado. De todas formas uno podría preguntarse ¿escapar a donde?, ¿hay un afuera? Haneke apela a uno de sus gestos característicos, calla y deja al espectador una vez más a la deriva. 
Jennifer Nicole Feinbraun