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Mar 22, 2012

Análisis de “Final de un cuento” de Reinaldo Arenas

por Santiago Asorey


“La literatura ha sido la salvación de los condenados; la literatura, la literatura ha inspirado y guiado a los amantes. Vencido a la desesperación y tal vez en este caso pueda salvar el mundo.” John Cheever, Diarios.
                                    
 "... Pienso en Reinaldo Arenas. Pienso en los poetas muertos en el potro de tortura, en los muertos de sida, de sobredosis, en todos lo que creyeron en el paraíso latinoamericano y murieron en el infierno latinoamericano.
Roberto Bolaño, Carnet de Baile

Hace poco escribí un comentario sobre La Vida Breve de Juan Carlos Onetti, tratando de reflexionar sobre lo que creo que ha sido uno de los problemas centrales de la literatura latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX. Ese problema, es el de la supervivencia. La idea era sostener que lo que atraviesa a la obra de Onetti como motor de fabulación de nuevos mundos virtuales, es la necesidad de sobrevivir.  Lo que proponemos en principio es un micro-análisis comparativo de dos textos latinoamericanos. Por un lado “Final de un cuento” de Reinaldo Arenas y por el  otro “La Vida Breve” de Juan Carlos Onetti.  Para empezar se trata de considerar construir geografía con lenguaje. Se trata de la capacidad de crear un espacio virtual de la imaginación que permita a los personajes seguir viviendo en un nuevo espacio. La clave esta en definir la identidad de una región a través del lenguaje que la expresa y la reinventa. El Brausen de “La Vida Breve” de Onetti  siente la amputación que sufre su mujer como una amputación a su propia vida física. Ante la imposibilidad de vivir felizmente decide crear una nueva ciudad virtual llamada Santa María.  La ciudad de Santa María de Onetti es la respuesta ante la muerte espiritual de la vida real de Brausen en Buenos Aires.  Santa María es un punto medio entre Buenos Aires y Montevideo. Al igual que Cayo Hueso de Arenas es también un punto medio entre la isla de Manhattan y la isla de Cuba.  Tanto Santa Maria como Cayo Hueso son espacios de la conciencia conformados mixtamente por el lenguaje y la cultura de dos regiones distintas.  Representan la tensión de dos oposiciones culturales. Al mismo tiempo, que implica no estar en ningún centro, ni en un lugar puro.  Por el contrario funcionan como lugares virtuales de resistencia que se construyen a partir de nuevas formas de concebir el lenguaje. En ese sentido para Arenas el odio es también un lugar.  La utopía tanto para Onetti como para Arenas, no es mas que la idea que permite resistir. Lo que los autores nos dicen es que ante la violencia y la soledad latinoamericana lo único que se puede hacer es crear un mundo ficcional para sobrevivir en él. 
Al final los personajes de “La Vida Breve” terminan fugándose hacia el mundo ficcional de Santa María. Mientras que en “Final de un Cuento” el personaje principal le reclama a su amigo no haberse adaptado a su utopía de Cayo Hueso. Cuantas veces te dije que esté era el sitio, que había un sitio parecido, casi igual, a aquel de allá abajo. ¿Por qué no me hiciste caso?  La clave en el texto esta en la construcción de una tesis sobre los espacios. Los espacios están atravesados por lo real en la descripción de elementos pero en el fondo funcionan como una conciencia topográfica. De ahí a que la descripciones que empiezan en New York puedan descender hasta Cuba.



En “Final de un cuento”, toda la narración pareciera ser la búsqueda de un lugar de supervivencia. Y ese lugar no tiene que ver con un espacio real, sino el odio como lugar desde el cual resistir.  El odio como motor que permita crear y maldecir y seguir viviendo olvidando lo que nos arrastre hacia abajo. Óyelo bien; yo soy quien he triunfado, porque he sobrevivido y sobreviví. Porque mi odio es mayor que mi nostalgia. El odio existe como resultado del exilio permanente.  Reinaldo Arenas propone una forma de la insularidad etica y espiritual. Porque estas insularidades no están conformadas en espacios geográficos sino en los espacios de la memoria espiritual y en una etica del discurso.  Su entrelazamiento produce que las islas convivan en dimensiones atravesadas entre si. Las referencias implícitas a “La Divina Comedia” muestran esta forma de conciencia en donde se remplazan las coordenadas geográficas de Norte y Sur por las coordenadas espirituales de arriba y abajo. 

El trabajo espiritual de la novela podría emparentarse con el de John Cheever, en “Esto Parece el Paraíso”, en donde cada acción o espacio externo se corresponde a un estado espiritual o moral. Cayo Hueso podría entonces encarnar la metáfora del purgatorio y esa referencia al flotar afuera del infierno podría ser también la experiencia del limbo. “Con una maleta y junto al mar, a donde podía dirigirme sino a una lancha, hacia un bote clandestino, hacia una goma, hacia una tabla que flotase y me arrastre fuera del infierno”.   Lo que podría verse como nexos míticos en la obra de Cheever y la de Arenas es la experiencia de expulsión del Paraíso.  Ese paraíso para Arenas esta en un pasado irrecuperable, en un  lugar que ya no existe en otro lugar que no sea en la conciencia y que su personaje principal debe olvidar o tapar con odio.  Cheever escribiría sobre la expulsión  del paraíso de su personaje Horace Crisholm sin odio. Ya que el concepto del odio en Parece el Paraíso no parecería tener mucho sentido en la cosmogonía final del Cheever.

Parte de esta cosmogonía final de Cheever se expresa en este párrafo “Entonces se sintió perdido. Estaba perdido. Había perdido su corona, su reino, sus herederos y ejércitos, su corte, su harén, su reina y su flota. Nunca había poseído nada de eso, claro que no. No era emocionalmente deshonesto. ¿Porque se sentía entonces como si lo hubiesen despojado física y cruelmente de lo que jamás había pretendido poseer?
 La absoluta genialidad de este párrafo de Cheever nos permite pensar tanto el problema político latinoamericano que afecta la obra de Arenas como todo el problema existencial de los personajes de Cheever.  Su amplitud para la reflexión probablemente tenga que ver con cierta universalidad del texto y su pluralidad de sentido. El problema con los mundos idealizados que Arenas tiene de Cuba y de la revolución cubana y como estos mundos fracasaron, está vinculado a la brecha que existió entre la idea utópica que se cristalizo en la conciencia y la realidad material.  La idealización de nuestro pasado produce un desgarramiento en relación a la realidad material.  Este problema  no es solo el problema del autor cubano sino el de toda una generación de latinoamericanos que fueron militantes políticos, escritores y artistas. Lo que quiero decir es que Latinoamérica nunca fue paraíso, apenas la posibilidad de un paraíso. Aun así el fracaso de la revolución fue percibido como la expulsión del paraíso.  En ese sentido el exilio político de Cuba del personaje de Arenas, es también un exilio espiritual y mítico.

Lo que pareciera esconderse detrás de las declaraciones de odio del personaje principal en “Final de Cuento” en realidad podría acercarse un poco aquello que dice Fernando Vallejo en una entrevista sobre “El Desbarrancadero”. “yo odio y quiero que se muera Colombia, porque la amo y no la quiero ver sufrir mas.”  El concepto del odio en Arenas no es solo un concepto ideológico y político, es también una forma mas profunda de resistencia que ayuda a pensar que significa una ética del discurso estético en Latinoamérica. En donde el odio y la violencia tienen una estrecha relación con el amor y la necesidad de seguir viviendo y escribiendo.


Mar 14, 2012

Insularidad, utopía y escritura en "Final de un Cuento" de Reinaldo Arenas

por Gonzalo de Miceu


Los  motivos  y  temas  que  abrazan  la  obra  de  Reinaldo  Arenas  nos  empujan  a  abordar  el  carácter  político  que  acompaña  su  escritura.  El  novelista,  dramaturgo  y  poeta  cubano,  nacido  en  1943,  expresó  en  su  adolescencia  un  manifiesto  enfrentamiento  contra  la  dictadura  de  Batista.  Colaboró  con  la  revolución  cubana  hasta  ser  excluido  y  optar  por  la  disidencia.  Arenas,  fue  pretendida  o  ineludiblemente,  un  escritor  de  la  revolución   cubana.  La  revolución  hizo  posible  que  se  formara  y  pudiera  escribir.  Su  obra  tiene  sentido  en,  contra  o  fuera  de  la  revolución.
 
Reinaldo  Arenas  sufrió  persecución  por  su  abierta  inclinación  homosexual  y  por  su  resuelta  oposición  al  régimen. Durante  los años setenta,  intentó  en  varias ocasiones  escapar  de  la  opresión  política,  pero  falló. Finalmente en 1980 salió del país  cuando  Fidel  Castro  autorizó  un  éxodo  masivo  de  disidentes  y  otras  personas  consideradas  indeseables.  A  causa  de  la  prohibición  que  pesaba  sobre  su  trabajo, Arenas se  vio  obligado  a  cambiar  su  nombre  por  Arinas  para  poder  exiliarse. El  único  libro  que  vio  luz  editorial  en  Cuba  fue  Celestino  antes  del  alba.  En  esta  obra  ya  se  gesta  uno  de  los  temas  principales  de  la  obra  de  Arenas,  la  reivindicación  de  la  diferencia  en  un  contexto  represivo;  a pesar,  que  aquí  sea  la  familia  y  no  el  régimen  cubano  el  sujeto  represor.  Un fragmento de Celestino antes del alba:

La  mayoría  de  estas  lagartijas  me  conocen  y  me  odian.  Yo    que  me  odian,  y  que  esperan  el  día... «¡Cabronas!»,  les  digo,  y  me  seco  los  ojos.  Entonces  cojo  un  palo  y  las  caigo  atrás. 

Al  fin  doy  con  una.  Le  descargo  el  palo,  y  la  trozo  en  dos.  Pero  se  queda  viva,  y  una  mitad  sale corriendo  y  la  otra  empieza  a  dar  brincos  delante  de  mí,  como  diciéndome:  no  creas,  verraco,  que  a    se  me  mata  tan  fácil.[1]

En éstas líneas descubrimos el germen de un  profundo odio  político y  dualidad  afectiva  que  proliferan  en  Final  de  un  cuento.  El  odio  incondicional  que  exterioriza  Arenas  hacia  Cuba  es  atravesado  por  una  mirada  nostálgica  y  poética.  Es  su  exilio  a  Nueva  York  el  que  le  proporciona  una  profunda  visión  intelectual  de  la existencia  enmarcada  entre  la  expresión  poética  más  hermosa  y  la  más  amarga  derrota  del  desencanto.
En  una  primera  instancia,  aquella  porción  de  océano  atlántico  que  separa  Cayo  Hueso  de  la  ínsula  cubana  en  Final  de  un  cuento,  es  el  Mar  de  los  Sargazos.  Mar  caracterizado  por  la  formación  de  bosques  marinos  y   la  estratificación  del agua  por densidades,  formando  una  capa  de  aguas  cálidas  en  las  superficies  a  la  que  alcanza  la  luz  propicia  para  el  crecimiento  de  algas y  plancton;   y  aguas  frías  en  lo  profundo.  En  las  regiones  superiores  apenas  existe  vida  animal,  solo  una  gran  comunidad  de  anguilas  habita  entre  las  algas.  Las  características  singulares del  Mar  de  los  Sargazos,  ha  inspirado  innumerables  leyendas  y  mitos  sobre  las  que  posteriormente  se  crearon  obras  de  ficción. A  saber,  el  “mar  super  sargazo”  es  la  dimensión  dónde  van  las  cosas  perdidas,  según  propuso  Charles  Hoyt  Fort (1874-1932).  No es  casual  que  Arenas  lo describa  como  “el  océano  tenebroso”, dónde  “está  la  muerte  o, lo que  es  peor,  el infierno”.[2]   En  estas  líneas  resuena  el  infierno  de  La  Divina  Comedia.  Arenas  finaliza  su  relato  con  una  plegaria:  “Mar  de  los  sargazos,  mar  tenebroso,  divino  mar,  acepta  mi tesoro (…)  llévatelo  ahora  a  él  a  la  otra  orilla”.[3]  Las  descripciones  que  hace  Arenas  de  “allá abajo”,  resultan  abismales:  “túneles  estruendosos  y  helados”,  “calles  inhóspitas,  abatidas  por  vientos  infernales”,  “una  ciudad  con  todas  las calamidades  que  esas  calamidades  conllevan”.[4]  Inclusive  dice  de  su  amigo muerto: “tu  alma  seguramente  había  seguido  allá  abajo”.  A  pesar  de  éstas  alusiones  directas  a  Cuba,  específicamente  al  régimen,  el  abajo  no  se  percibe  como  un  lugar  o  espacio  particular;  sino,  como  un  movimiento  que  el  personaje  padece  pero  a  la  vez  disfruta  a  través  de  la  confusión  y  homologación  de  Cuba  y  el  arriba  (Manhattan)  en  el  que  el texto  incurre,  saltando  de  un  espacio  a  otro,  de  una  urbanidad  voraz  a  un  clima  tropical.  El  descenso  del  que  habla  Arenas,  es  un  descenso  afectivo  que  se  traduce  a  la  materialidad.  La  isla,  tanto  Cuba  como  Manhattan,  representa  aquél  hogar  que  el personaje  no  tiene. Broadway  también  se  le  presenta  como  el  averno,  como  un  torbellino  dónde “pájaros  nublan  un  cielo  violeta”  y  habla  de  aquel  “mar  de  automóviles”  que  separan  a  su amigo  del  suicidio  como  el  mar  de  los  sargazos  lo  separan  de  la  muerte.  Tanto  el  elevador  que  ambos  toman  hacia  la  terraza  del  Empire  State  como  aquel  balcón  del  que  habla  Arenas,  son  la  clara  materialización  de  éste  movimiento  ascendente  y  descendente  a  partir  del  cual  se  estructura  el  relato.  
El  personaje  de  Arenas  encuentra  su  centro,  su venganza,  su triunfo,  en Cayo  Hueso.  El  autor  pregunta:  “¿Cómo va  a  sobrevivir  una  persona  cuando  el  sitio  donde  más  sufrió  y  ya  no  existe  es  el  único  que  aún  lo  sostiene?”;  y,  declara:  “Nuestro  triunfo  está  en  resistir.  Nuestra  venganza  está  en  sobrevivir.”[5]  El método:  el  olvido.  El  olvido  en  su  faz  positiva  y  negativa.  Aquella capacidad  de  olvido  de  la  que hablaba  Nietzsche  en el  Tratado  Segundo  de  Genealogía de  la  moral.  Arenas  afirma:  “…olvídate  del  español  y  de  todas  las  cosas  que  en  ese  idioma  nombraste,  escuchaste,  recuerdas.”  Un  olvido  que  implica  “… confundirte  entre  ellos,  de  olvidar  y  ser  ellos…” [6]  El  odio  como  motor  del  olvido  y  la  lengua  como  pasaporte.  El  personaje  enfatiza  su aptitud  para  mezclarse,  para  fundirse  entre  otros  que  “también  son  de  otro  sitio (de  su  sitio)  al  que  tampoco  podrán  regresar.”  De  éste  modo  se  nos  presenta  la isla,  aquél  lugar  lejano,  utópico  e  inalcanzable.  Es  ésta  ansía  romántica  por  una  Cuba  perdida  la  que  colma  al  personaje  de  una  tristeza  nostálgica  “que  puede  ser  una  especie  de  consuelo,  un  dolor  dulce,  una  forma  de  ver  las  cosas  y  hasta  disfrutarlas.”  Sin  odio, sin  olvido,  sin  nostalgia,  el  último  consuelo  es  la  muerte,.  Aquél olvido  eterno  de  alguien  que  no  puede  vivir  en  Cuba  ni  fuera  de  ella.  


Reinaldo  Arenas  vio  en  la  narrativa  el  género  ideal  para  organizar  y  exponer  su  credo  ideo-estético y  su  propio  mundo  individual.  Arenas  fue  encarcelado  y  torturado  por  el  régimen  (1974-1976).  Ello  provocó  un  arrepentimiento  y  un  odio  que  fue  más  allá  de  los  muros  de  la  prisión  El  Morro.  Este  sentimiento  se  encuentra  claramente  explicitado  en  Final  de  un  cuento.  Arenas  declara:  “nunca  voy a  volver,  ni  aunque  la  existencia  del  mundo  dependa  de  mi  regreso”.  Aquél  lugar  dónde  mirar  es  un  delito, “donde  hasta  la  misma  soledad  se  persigue  y  te  puede  llevar  a  la  cárcel  por  antisocial”.[7]  La  escritura  de   Arenas,  está  cargada  de  un  fuerte  componente  autobiográfico,  que  más  allá  de  expresar  una  posición  política,  implica  un  canto  desesperado,  un lamento  que  tiene la  necesidad  de  ser oído. 

Volviendo  al  fragmento  de  Celestino  antes  del  alba  citado  con  anterioridad, Arenas  huye  de  la isla  aferrado  a  una  tabla,  como  huye  la  lagartija  que  sufrió  los  palazos  del  régimen,  a  causa  del  odio,  la  opresión  y  la  diferencia,  abandona  la  isla;  pero,  ésta   continúa  presente,  mostrándole  la  cara,  impidiéndole  ignorar.  Lo  único  que  le  queda  al  personaje  es  combatir  la  isla  con  sus  propias  armas,  con  el  odio,  con  el  olvido,  con la  aceptación  romántica  de  un  sin  hogar  que  lleva  la  carga  nostálgica  de  saber  que  lo  único  que  le  queda  es  sobrevivir.  Cómo  último  comentario,  un  fragmento  de  Mi  amante  el  mar: 

 Sólo el afán de un náufrago podría
remontar este infierno que aborrezco.
Crece mi furia y ante mi furia crezco
y solo junto al mar espero el día.[8]


[1] http://www.taringa.net/posts/ebooks-tutoriales/1880669/Celestino-antes-del-alba,-de-Reinaldo-Arenas-(archivo-Word).html
[2] REINALDO ARENAS: “Final de un cuento”, en Adiós a mamá (De La Habana a Nueva York), Barcelona, Altera, 1995.  (Pág. 179)
[3] REINALDO ARENAS: “Final de un cuento”, en Adiós a mamá (De La Habana a Nueva York), Barcelona, Altera, 1995. (Pág. 175)
[4] REINALDO ARENAS: “Final de un cuento”, en Adiós a mamá (De La Habana a Nueva York), Barcelona, Altera, 1995.
[5] REINALDO ARENAS: “Final de un cuento”, en Adiós a mamá (De La Habana a Nueva York), Barcelona, Altera, 1995. (Pág. 157-156)
[6] REINALDO ARENAS: “Final de un cuento”, en Adiós a mamá (De La Habana a Nueva York), Barcelona, Altera, 1995. (Pág. 157)
[7] REINALDO ARENAS: “Final de un cuento”, en Adiós a mamá (De La Habana a Nueva York), Barcelona, Altera, 1995. (Pág. 156)
[8] http://alocubano.com/reinaldo_arenas.htm


Jan 11, 2011

Sobre Cremaster Cycle y Drawing Restraint 9 de Matthew Barney

La estructura genérica



El propio modelo narrativo del Cremaster Cycle evoca dos formas de contenido dispares que en este caso se tornan orgánicas. Raymond Queneau, con respecto a los esquemas genéricos relacionados con los mitos, nos habla de dos esquemas opuestos: las Odiseas y las Ilíadas. Citando al autor: “son Odiseas, relatos de tiempos plenos. Son Ilíadas, búsquedas del tiempo perdido”. Completando esta definición con:

La historia horizontal, asimilable a una Odisea, postula un viaje, un itinerario, una marcha (… no se vuelve atrás; por donde se pasa, ya no se vuelve… Los lugares se abandonan… es el personaje el que avanza…), mientras que la historia vertical implica el retorno a un punto, la ida y la vuelta.[1]

Las Ilíadas evocan un lugar cerrado –vedado o prohibido, o deseado- en el que se intenta penetrar o de lo que se trata salir. Las Odiseas son viajes, más o menos agitados, amenizados con encuentros encaminados a un objetivo más o menos preciso y lejano, exterior o interior al personaje. La Odisea no se en,cuentra exclusivamente vinculada a la aventura, a la consecución de un objetivo a través de obstáculos; sino, también a la búsqueda de un sentido o identidad. El tiempo es en ella irreversible. Los personajes, tomados en un punto, son conducidos a otro.
En una primera instancia, el Cremaster Cycle, cuenta la Odisea del descenso testicular. Un recorrido que se inicia en un dominio de equilibro, similar a la concepción, donde el sexo no se ha exteriorizado en el feto ni su paso a la individuación genérica ha culminado. Cremaster 1 representa el estado de apertura del sistema reproductivo, donde el coro de mujeres delinea el contorno de una estructura gonadal todavía andrógena que hace eco en los teledirigibles que flotan sobre el estadio de fútbol americano y simbolizan un estado de pura potencialidad. Cremaster 2, marca el inicio del descenso, correspondiente a la etapa en la que comienza la distinción sexual. En la abstracción que hace Barney de éste proceso, el sistema resiste la partición e intenta permanecer en el estado de equilibrio en un movimiento de avance y retroceso. Cremaster 3 debate entre dos conceptos centrales, la fertilidad y lo sobrenatural y la creación en relación con la destrucción. Es la última película filmada que toma el lugar de punto medio del quinteto. Aquí se extienden los conceptos de Cremaster 2, pero ya no como un avance y retroceso ante el devenir biológico; sino, como violencia desenfrenada ante un movimiento ascendente inalcanzable que termina por destruir al aspirante. En Cremaster 4 asistimos a un apresurado descenso a pesar de las resistencias impuestas. En Cremaster 5 el descenso final se lleva a cabo por completo, visionado como una historia de amor trágica bajo la forma de una ópera lírica. De un punto de partida armónico, la obra desciende hacia los ecos de un sistema que expira. La obra narra el declive hacia la masculinidad.

En la Ilíada predomina el lugar cerrado sobre sí mismo y los esfuerzos de un personaje por integrarse en un ambiente.  La Ilíada (…) una ciudad de la que se habla y en la que nunca se penetra (…) y cientos y cientos de jóvenes héroes que se baten y mueren por esa cosa irreal e inaccesible…”.[2]
Cada espacio en las Cremaster constituye un lugar cerrado, sin conexión con el afuera, un espacio que cae y recae sobre sí mismo donde los personajes se resisten a ser devorados por las verdaderas fuerzas impulsoras de la película, desencadenadas por cada escenografía. Los espacios de Barney son islas, donde pesa toda aquella tradición utópica e insular. En Cremaster 1, es el estadio de los Broncos en Idaho. En Cremaster 2, son La Exposición Mundial de Magia de Columbia de 1983,  y todos aquellos lugares que modelan y dan forma a la vida de Gary Gilmore. En Cremaster 3, la construcción del edificio Chrysler, en Nueva York, ambientado en la década de 1930, junto a una pequeña reseña sobre el mito celta de la formación de la Isla del Hombre, en la que concurre toda Cremaster 4. Finalmente, en Cremaster 5, en un romántico paisaje de Budapest a fines del siglo XIX. Todos estos espacios, donde personajes de distinta índole, sucumben a pesar de su obstinación a detener el proceso de diferenciación sexual. Así, cada película se revela cíclica. Termina donde inició. En Cremaster 4 en el Queens Peer , En Cremaster 2 con la muerte de Gary Gilmore siguiendo la marca de su padre.
Lo que posibilita la epopeya, es que el movimiento épico se prolonga fuera del film. Se prolonga en ausencia. Es un movimiento elíptico que permite unir las distintas películas bajo una misma luz. La razón: a Barney le interesa una biopsia minuciosa y detenida de un estado transitivo de pavor que necesita de un involucramiento corporal y pasional  del espectador. La épica se posibilita debido a la anulación de personajes. Los verdaderos personajes son los propios espacios que se prolongan en todas las figuras que encierran. Esta característica permite un trabajo con los géneros clásicos particular, que voy a llevar a cabo antes de adentrarme en el análisis de los personajes.

El trabajo de género que hace Barney en cada película tiene un germen específico que escapa a las leyes y estructuras genéricas. Lo que constituye la exigencia de los contenidos ficcionales (el fondo de la acción trágica), para parafrasear a Hegel: “está comprendido en el círculo de las potencias, en sí legítimas y verdaderas, que determinan la voluntad humana”[3]. A saber: amor y sexo, historias de familia, dinero, conflictos sociales, guerra, etc. Estos contenidos se encuentran de entrada, dentro de unas formas y modelos. Sea a partir del principio de encadenamiento de causa y efecto como medio de unificación de la fábula o la yuxtaposición de episodios desconectados o en cambios de orientación de la lógica de causa y efecto, prima como fundamento del film genérico la suma de la acción + el personaje.
La repetición es el recurso primordial del que se hace Barney, personajes estancados que aparecen y desaparecen como prolongaciones del espacio. En las seis películas podemos encontrar elementos que responden a los cánones genéricos. Acoplados a un sistema donde impera el no personaje y donde la esencia de cada género utilizado se filtra a través del espacio para extenderse en figuras y objetos.
Cremaster 1 fue filmada en el estadio de fútbol americano de los Broncos en Boise, Idaho, donde Barney jugó de chico. Este episodio representa el estado de ascenso total del músculo Cremaster e indiferenciación sexual. Todos los personajes del film son mujeres y tanto esculturas de vaselina como formas creadas por uvas que se replican en el estadio por el coro femenino, aluden al sistema reproductivo. Lo que marca el tono de la película es principalmente la música. Una música que nos acerca a los finales de los melodramas de 1950, como An Affair to Remember y a cierto clima del high-school movie -etapa en dónde la identidad sexual se está consolidando- . Una música compuesta por cuerdas que pareciese flotar en el aire. En perfecta armonía, la melodía se instaura como leitmotiv de la película. En esta ocasión, la ausencia intencional de personajes masculinos junto a una melodía de happy ending protagonizado por Carey Grant, se hunde en una de las tradiciones del melodrama: la castración de la que habla Link. Barney invierte el proceso. El estadio de futbol americano representa al hombre castrado, afeminado y literalmente carente de testículos. Un estado que en el melodrama se nos muestra como la trágica carencia del objeto del deseo, aquí es un estado de equilibrio y concordia. Cremaster 1 abre las puertas al descenso a los infiernos. Este descenso inicia en Cremaster 2. Esta vez Barney se mete con el género del western. Aquí impera la temática de las fronteras difusas, el avance y retroceso de la diferenciación sexual. El organismo oponiendo resistencia y esfuerzo por detener el proceso. El movimiento se encuentra mejor ejemplificado por una pareja que baila danza tejana a dos pasos, uno hacia delante y otro hacia atrás. Inclusive Barney trae a colación los campos de sal de Boneville en Utha y los campos de hielo canadienses. En épocas prehistóricas, los campos de sal de Utha estaban cubiertos por un lago cuya fuente descansaba en los campos de hielo que hoy en día pertenecen a Canadá. El glaciar que se formó en la era de hielo sigue éste baile de avance y retroceso, derritiéndose hacia atrás a la frontera canadiense. La frontera no es exterior a los personajes y la ausencia de Estado reniega contra un ciclo biológico ineludible. La frontera es nítida. Los personajes están parados en la frontera misma y la única opción de escape es la metamorfosis. Los paisajes englobantes, las armas, los enfrentamientos y otros elementos sintácticos del western también están presentes en la película. El duelo final, con la muerte de Gilmore, tiene como representación un rodeo en el que Gilmore monta un toro hasta la muerte. Tanto Gilmore como el toro mueren. El duelo no se lleva a cabo contra un opositor estatal ni contra el clásico villano. Es el duelo en el interior de la frontera norteamericana y canadiense donde la brecha de salida del destino y de la individuación marca la aceptación de la propia muerte. Una muerte que implica escapar de  la pérdida dionisiaca y la redención en la reencarnación a través de una nueva forma. Un eterno retorno bajo un nuevo punto de partida, que  no conlleva salvación, pero exalta la capacidad humana de reconstruirse a partir del fracaso. El choque de las fuerzas del ascetismo griego para convertirse en super hombre.
En Cremaster 3 el género predominante es el film noir. La brutalidad la lleva a cabo el edificio Chrysler a través de un grupo de gangsters masónicos habitantes del edificio, que recrean la muerte, entierro y resurrección de Hiram Abiff -arquitecto bíblico del Templo de Solomon-. El aprendiz, aquel personaje que desea ascender por los cinco niveles de conocimiento masónico para convertirse en Maestro, hace trampa en sus ritos de iniciación en el mismo momento que el edificio pierde su alineamiento debido a las cáscaras de papa que corta la modelo Aimee Mullins – la feme fatal- junto al bar. Esta torcedura del edificio se exculpa en el castigo que los tres Masones Maestros le van a impartir al aprendiz haciendo uso de la brutalidad del cine negro. En un doble movimiento, los problemas de los personajes son un reflejo de las dificultades que atraviesa el edificio.  Uno de los compartimientos interesantes del inmueble es el pub. Único episodio en el que Barney hace uso del humor a través del slapstick comedy. El barman rompe vasos, derrama cerveza y termina tocando la bolsa del sistema de cerveza como una gaita. Tanto el barman como los masones se presentan como múltiples plomeros del edificio que actúan acorde a los conflictos que este padece. 
En Cremaster 4 el género del que se vale Barney es el suspenso. Los géneros que más se han valido de este recurso narrativo son el terror, el thriller y el policial. Por lo general, se caracteriza por tramas intrincadas y fragmentadas, por mantener al espectador en un estado de expectativa constante y alta tensión. En el terror, aquellas inyecciones de adrenalina que producen el “salto del asiento”, son aquellos que nos permite darnos cuenta que estamos ante una representación. El terror necesita de eso para funcionar, altos picos y profundas caída, de allí el ya trillado uso del sonido para generar falsas expectativas. En el policial, como en el thriller, la tensión se genera a partir de una fragmentación de la trama narrativa, de vacíos y secretos que deben ser develados usualmente en la última secuencia por el héroe. Tramas intrincadas, con giros que se dedican a demoler un discurso para dar vida a otro. El enigma y la investigación  que gira en torno a su comprensión, son la clave. Nuevamente Barney se encarga de buscar un efecto similar pero invirtiendo el sistema. Aquí no hay pistas ni un avance acelerado plagado de giros en la trama narrativa. Dos corredores de side tour corren en direcciones opuestas por la Isla del Hombre. Uno asciende, el otro desciende. A su vez un sátiro nativo irlandés excava en las profundidades por donde se lleva a cabo la carrera. Durante los cuarenta minutos de duración de Cremaster 4, el espectador se encuentra ante la expectativa de una colisión entre los tres personajes. El recurso: la repetición. Repetición sonora y visual. En imagen, la película gira gran parte de su extensión alternando entre planos del sátiro haciéndose paso en un túnel angosto cubierto de vaselina, y planos de los distintos corredores. Un corredor vestido enteramente de azul, el otro de amarillo. Ambos recorriendo la isla donde predomina el verde, color secundario que se obtiene con la mezcla de los mencionados. En el sátiro, toques de un rojo eléctrico en su pelo que brilla en escenarios donde prima un blanco ensordecedor. Lo que origina éste uso particular de la paleta de colores, es que cuando se nos proyecta el corredor amarillo en un fondo verde, sentimos la carencia del azul; y viceversa. Cuando notamos el rojo fugaz en las secuencias del sátiro, sentimos la falta de amarillo y el azul. Desde los colores todo parecería estar predispuesto para una colisión. El sonido tiene un tratamiento similar. Marca el ritmo, salvo que esta vez es un trabajo mecánico y simple. Los motores en ascenso de los side car, constantes, que nos empujan a recorrer el mismo camino que atraviesan a la espera de un obstáculo que finalice con aquella serenata de metal. El sátiro, dónde cuesta divisar un sonido ambiente, sólo sus gemidos de esfuerzo para atravesar el túnel hexagonal, en contrapunto con los motores.
En Drawing Restraint 9 una pareja de turistas (Björk y el propio Barney) se rebana con cuchillos dentro de un buque arponero japonés hasta convertirse en ballenas y escapar del buque para nadar por el océano. El buque se constituye como un espacio cerrado en donde la imposibilidad de la pareja no radica  en la no concreción del objeto del deseo masculino como motor narrativo de la historia; sino, en  “no poder vivir dentro de Cuba ni fuera de ella”[4], citando las palabras del escritor cubano disidente Reinaldo Arenas en Al Final de un Cuento. Drawing Restraint 9, es la culminación de la obra de Barney en relación con la metamorfosis. El personaje de Reinaldo Arenas encuentra en Cayo Hueso el punto más al sur de Estados Unidos, aquel lugar en el cual puede sobrevivir, aquel punto intermedio entre un movimiento emocional ascendente y descendente que separa el abajo del arriba. Los personajes escapan de su destino en el buque como Arenas escapó flotando en una tabla de Cuba. Los enamorados, convertidos en ballenas, nadan por el mítico Mar de los Zargazos que separa Cuba de Estados Unidos bajo una nueva forma que les permite sobrevivir.


[1] FRANCIS VAYONE, Guiones Modelo y Modelos de Guión, Ediciones Paidos Iberica SA, Barcelona, 1991
[2] CAMPBELL, Joseph , The Hero with a Thousand Faces, series Bolingen (1964-1968) (trad. Cast.: El héroe de las mil caras, Madrid, FCB)
[3] HEGEL, Esthetique, Textos escogidos, París, PUF, 1953
[4] REINALDO ARENAS: “Final de un cuento”, en Adiós a mamá (De La Habana a Nueva York), Barcelona, Altera, 1995.




Extracto de "El Maestro de la Crema" escrito por Gonzalo de Miceu.