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May 1, 2011

Letter to Elia - BAFICI 2011


Un video de quince de Scorsese para Elia


Entré a la función del mediodía en el Abasto para ver una película de Scorsese inscripta en el rótulo de cine documental. En la sala me encontré con todo aquello que uno puede esperar de una película de Scorsese en el  BAFICI: una sala medio llena, algún que otro estudiante de cine, los pseudo intelectuales que visten el “uniforme” BAFICI (pelo tornado, lentes raros, pantalones clavados, camisas a cuadrados), los que iban a ver una película de Scorsese sin saber quién es Elia Kazan, los fanáticos de Kazan que no saben que durante el macartismo mandó a la hoguera a ocho de sus amigos y colegas del Group Theatre, y alguno que otro que entró de yapa. 

El filme consta de fotografías en blanco y negro, varios fragmentos de películas de Elia Kazán, entre las más destacables “Al este del paraíso” (1955), “Río Salvaje” (1960) y “Nido de Ratas” (1954), algunas secuencias de Scorsese en su oficina interpelando al espectador y unos pocos fragmentos de entrevistas a Elia Kazan. La mayoría del relato es acompañado por la voz en off de Scorsese que se dedica a contarnos la importancia que tuvo el cine de Kazan en sus inicios  como cinematógrafo. Todo aquello que le debe a sus películas y su habilidad para llevar a la pantalla grande el barrio, los personajes del barrio, de la calle, en los cuales vio reflejada  su juventud. 

Lo primero que me hizo ruido es por qué esta película se presentaba como un documental. Bill Nicholls en “La representación de la realidad” señala algunas figuras para poder situar una película dentro del documental o de la ficción. Una tríada de la cual se pueden derivar tipologías y variaciones bastantes útiles. Nicholls dice que hay que atender a la figura del realizador, a sus intenciones y objetivos. Desde este lugar la película de Scorsese es bastante reaccionaria, el título mismo indica que lo que voy a ver es una carta, una carta a Elia, con todo el tono intimista que se le pueda adjudicar. Este posicionamiento indica radicalmente que lo que va a correr en la pantalla es una carta audiovisual. 

Cuando de adolescente falleció un familiar al que no pude acompañar como me hubiese gustado, la psicóloga que me escuchaba por esos tiempos me recomendó que le escriba una carta con todo aquello que me hubiese gustado decirle y no tuve oportunidad, que me dirija al cementerio y la queme. Un acto simbólico. Más allá de que la carta de Scorsese tiene como destinatario al público, es desde este lugar donde me identifico con las intenciones del director y desde este lugar percibo el filme como una carta cinematográfica a un cineasta, con todo lo que ello implica. 

En segundo lugar, Nicholls habla de atender al texto, un análisis cerrado del relato mismo. El documental suele caracterizarse por manejar una estructura narrativa sometida a la proliferación de una argumentación lógica que remite a un tema. Una argumentación cuya conclusión suele afirmarse como empíricamente comprobable.  En este aspecto el documental tiene mucho de la ciencia, de su forma, de su racionalidad. También de la historia, de su modo de construcción sintáctica anteponiendo el consecuente al antecedente. La palabra que impera en “Letter to Elia”, es la palabra de la devoción, es casi sentimentalmente obscena, tonta, pudorosa según la óptica moderna. Roland Barthes escribe en “Fragmentos de un discurso amoroso” en relación con la carta del enamorado:

… la carta, para el enamorado, no tiene valor tácito: es puramente expresiva – en rigor aduladora (pero la adulación no es aquí en absoluto interesada: no es sino la palabra de la devoción)-; lo que entablo con el otro es una relación, no una correspondencia. La relación pone en contacto dos imágenes.

Si una carta pone en relación dos imágenes distintas, el cine, cuyo lenguaje son las imágenes, permite poner literalmente en juego la imagen de Kazan y Scorsese como cineastas. El grito del enamorado, por lo tanto, es el fin del lenguaje, es el lenguaje por el lenguaje. Es la fórmula, el te-amo, el anti signo, la pura proferización.  La argumentación lógica se resquebraja, el pensamiento argumentativo entra en crisis, Barthes escribe: “no te pienso, simplemente te hago aparecer… es esta forma (este ritmo) que llamo “pensamiento”: no tengo nada que decirte, sino que este nada es a ti a quien lo digo”. 

La última figura a la cual Nicholls propone acercarse, es la del espectador y su contexto. Contexto que hace a lo percibido como documental. Es inevitable evadir los efectos de los nuevos dispositivos tecnológicos en el ámbito de la comunicación. Una comunicación mediada por la imagen y la fabulación. Una publicidad de la vida privada. Demasiada intrusión. Demasiado pornográfico. Entonces ¿desde qué lugar la película de Scorsese no responde más a la lógica de cualquier dispositivo de comunicación vía internet que a la estética documental? ¿Es hacia este lugar donde se dirige el cine documental? ¿Es el efecto de campo extendido que opera el cine sobre otros mecanismos como la carta?,  o,  ¿es esta carta la prueba de la simbiosis entre sociedad y arte?

De todos modos, prefiero a Scorsese con DiCaprio antes que cualquier revelación intimista, fetichista y banal de cualquier director. 



Gonzalo de Miceu

Apr 3, 2011

"El Quimérico Inquilino" (1976) y Roman Polanski

“Fue como si avanzara hacia la humedad de una tumba y la impresión no disminuía por el hecho de que él hubiera sabido siempre que la tumba estaba allí esperándolo” 
George Orwell – 1984



El cine es un gesto de amor y un acto de muerte

Roland Barthes escribe en “Fragmentos de un discurso amoroso”:

El otro se encuentra en estado de perpetua partida, de viaje; es por vocación, migratorio, huidizo; yo soy, yo que amo, por vocación inversa, sedentario, inmóvil, predispuesto, en espera, encogido en mi lugar, en sufrimiento, como un bulto en un rincón perdido de una estación.

En la oscuridad, en el silencio de la sala, el espectador de cine asiste al desvanecimiento de aquellos personajes que aprendió a amar. Una vez que la película termina; piensa, analiza, comenta, reflexiona, manipula la ausencia para retardar aquel instante en que el otro cae de la ausencia a la muerte. La tragedia del personaje. Aquel que decide, sin saber, que su existencia finaliza con el correr de los títulos finales. Un buen personaje tiene vida, tiene corazón y en algún lugar, en algún universo, podría existir.

“El Quimérico Inquilino”, es uno de esos filmes donde el humo de la muerte venidera del personaje encubre la crispa, la presencia abstracta, la fuerza bruta, el destino ineludible que impone la figura del Meganarrador. El Meganarrador tiene presencia divina. Disemina su existencia en todos los recipientes de la película pero a su vez es inaccesible. Quizás esta sea una de las razones por las cuales el cine es un arte antimetafísico; porque permite partir de lo sensible para alcanzar lo inteligible.
Uno de los momentos claves de “El Quimérico Inquilino” es aquel donde Trelkovsky asiste al velatorio de Simone Choule en una pequeña iglesia. El personaje se desorienta, alucina, cuando observa las estatuillas de Cristo y la Virgen. En este momento se hace patente la conspiración, la conspiración de carácter divino que se va a extender a todo el universo que rige el Meganarrador. 

El Meganarrador, aquel que es Dios y Criatura 

En películas como “Cache” (2005) de Michael Haneke, el aparente antagonista directo de Georges es el propio Gran Inmaginador o Meganarrador, quien practica una burla reiterativa sobre los personajes. Los videos son el medio por el cual el narrador implícito entabla una relación que no es opositora con el personaje; sino, una  continua muestra de dominio absoluto. La diferencia con “El Quimérico Inquilino”, radica en que Polanski ofrece su propio cuerpo como sacrificio a los artilugios del Meganarrador. Todo en el film conspira contra la muerte de Trelkovsky. Los animales hostiles, las luces que se prenden y apagan en los momentos menos oportunos, los sonidos fuera de campo, los silencios interrumpidos por maderas crujientes, las miradas inquisidoras de los extras, el sexo intoxicado, el poder de los objetos para revivir a Simone Choule. La conspiración, inclusive, se extiende contra la propia sexualidad, regalándonos imágenes de Polanski en vestido y peluca emulando un levante prostibulario. 
Quizás vivenciar el poder de un arte vivo, en carne propia, sea lo que todo director necesite. El sujeto enunciador empírico físicamente inscripto en el sujeto del enunciado y víctima del sujeto de la enunciación. Polanski es tanto Victor Frankestein como su monstruosa creación. Asolada en la oscuridad de la caverna, se somete a la muerte cinematográfica y al martirio de sucumbir ante los poderes de la propia figura que como director contribuye a engendrar.

Me rebelo al devenir, fabulo

Denegado por su realidad físico-material (una realidad distante que acaba por asumir su completa desrealidad)  que implosiona en el núcleo del personaje condensando todo lo real y haciéndolo explotar desde el interior del personaje al exterior; Trelkovsky reacomoda y reconfigura su entorno espacio-temporal delimitando la cercanía trágica de un pasado, presente y futuro impuestos por el sino.

Esta es la lucha que plantea Trelkovsky para sobrevivir. Si mi destino es el de la continua muerte eterna “Yo les voy a dar una muerte para recordar”. Polanski se echa dos veces por el balcón. Primero asesina al personaje, luego la imposibilidad del director. Aquella ficción de la que participa Polanski se desrealiza y la ficción que crea Trelkovsky adquiere carácter de realidad fabulatoria. Si están haciendo de mi vida, una película, yo les voy a dar mi propia película dentro de la película. Aquella es la redención del personaje.




Gonzalo de Miceu