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Sep 15, 2011

Ojos Bien Cerrados (1999) - Stanley Kubrick


KUBRICK-SCHNITZLER
por Martina Guevara 


Es notoria la cantidad de veces que en la nouvelle de Arthur Schnitzler Relato Soñado  se hace referencia a transacciones de carácter económico. Principalmente porque, como sabemos, no existe ningun atractivo estético en la descripción del dinero. A la vez que fetiche de la burguesía, o precisamente por eso, el dinero resulta un tema tabú a la hora de asociarlo con el arte. El mito de la separación del arte con la vida social, como explica Bürguer, es propio de la era burguesa. Pero hay otro detalle que vuelve aún más notorias cada una de las descripciones de transacciones económicas: el hecho de que Fridolín siempre quiera pagar de más. Veamos algunos ejemplos. El primer caso se da ante el encuentro fallido con la prostituta; a pesar de no haber tenido relaciones, Fridolín insiste en pagarle, lo que es rechazado “con decisión” por la mujer. Cuando su amigo le cuenta sobre la fiesta, la primera pregunta que le nace es conocer el precio de la entrada antes de saber si, siquiera, se cobraba el ingreso a la fiesta. Luego, al irse del  bar, “Fridolín arrojó el dinero de la cuenta sobre la mesa, con una propina demasiado generosa que le pareció apropiada al estilo de aquella noche. Al momento de ir en busca del disfraz, y en la necesidad de hablar con el portero de la casa donde residía el dueño de la tienda  para que le diese información sobre su paradero, se dice que éste “no pareció siquiera muy sorprendido de aquella visita tardía, sino que afable por la considerable propina que Fridolín le dio”. Una vez ante el dueño, “Fridolin le expuso sus deseos, mencionando que el precio no importaba, a lo que el señor Gibiser, casi desdeñoso, observó: “Yo solo cobro lo debido y nada más.” Se debe notar como aquí se repite una situación similar a la acaecida con la prostituta, nuevamente, a Fridolín se le rechaza una propuesta de pago que exceda el servicio ofrecido. Yendo para la fiesta, se dice que, para sentirse más seguro de que el chofer lo esperase a la salida, Fridolín: “le pago generosamente por anticipado, prometiéndole la misma suma por el viaje de vuelta”

¿A qué responde esta necesidad de pagar de más? El personaje de Arthur Schnitzler es un burgués, un profesional, que convive, que sirve, a la aristocracia. De hecho, uno de los primeros sucesos  en la nouvelle es su visita al consejero áulico.
El dinero, el dinero de más, es el único plus con el que Fridolín puede acercarse o comprar su entrada a ese mundo .Pero no se trata sólo de tener dinero sino de exhibir su exceso al resto de la sociedad, de la misma manera en que se hace uso de una insignia o de un título nobiliario.  De esta forma,  Fridolín no es simplemente un derrochador o un hombre caritativo: sólo entrega dinero sin necesidad, cuando puede, a partir de ese acto, lograr un beneficio personal. Esto se puede ver con claridad en la decisión  meditada del personaje de no darle dinero a un linyera para que duerma en un refugio. La necesidad de  Fridolín de estar a la misma altura, o incluso mayor, que la aristocracia es expresado literalmente en la nouvelle: “…se le ocurrió la idea de dirigirse a ellos, darse a conocer como un intruso y ponerse a su disposición de forma caballeresca. Sólo de esa forma, como un conde majestuoso, podría concluir aquella noche”
“En realidad, debía sentirse contento de haber salido tan bien librado. Bueno, había sabido comportarse. Sin duda los caballeros habían podido observar que no se trataba de un cualquiera. Y en cualquier caso, ella lo había notado también. Probablemente lo prefería a él a todos los archiduques o lo que fuesen”
En este sentido, se debe recordar, como analiza Sebald, que la fantasía erótica Albertine con el militar, aspira, también, a ese acceso a la aristocracia. Puede pensarse que el sueño de su mujer es uno de los catalizadores del deseo aristocratizante de Fridolín. De esta forma, resulta muy significativo que la prostituta no le permita a Fridolín realizar ese deseo a costa suya. Igual que ocurre con el dueño de la tienda de disfraces, que no sólo le impide la ficción de enaltecerse a partir de un sobreprecio sino que lo disminuye al considerarlo como posible cliente sexual de una joven menor de edad. 

¿Qué es lo que ocurre con su adaptación cinematográfica? Las transacciones económicas, si bien presentes, disminuyen con notoriedad. Se quita del film el episodio donde Nachitgal (rol que, en la adaptación fílmica, cumple el personaje de Nightingale) le devuelve el dinero prestado, lo mismo ocurre con la propina del bar. A diferencia del episodio del portero en la obra literaria, Harford no tiene necesidad de pagar para obtener información. Así, cuando va en busca del paradero de su amigo, sólo necesita mentirle a la mesera aludiendo asuntos médicos para que ésta le de la dirección del hotel y, para saber qué ocurrió el check out, Harford sólo apela a su seducción. Sin embargo, sí hay episodios donde se mantiene la idea del pago excedido. Es el caso del chofer que lo conduce a la fiesta y, en especial, del encuentro con la prostituta y con el dueño de la casa de disfraces. A diferencia de lo que ocurría en el libro, estos dos últimos personajes aceptan el pago  injustificado o excedido. Con respecto al episodio de la prostituta, la entrega del dinero sin necesidad de hacerlo es vista, en el film, como un gesto de generosidad. Sirve para enaltecer al personaje a los ojos del espectador. En lo que concierne al encuentro con el dueño de la tienda de disfraces, la entrega de la importante suma de dinero no surge de un deseo del protagonista sino de una necesidad ante el carácter ruin con el que se quiere revestir al  personaje del dueño del local.


No existe en Harford  ningún deseo por pagar más de lo correspondido, cuando lo hace, se debe a un acto de cortesía o  de necesidad.  En 1999, no existe una clase que se encuentre en una posición no asequible a partir del dinero. Si el personaje de la nouvelle es un burgués que se ve rodeado y tentado por la aristocracia,  Harford es un burgués que simplemente se rodea de una burguesía con un aún mayor poder adquisitivo que él; no es un detalle menor que el film se desarrolle en EEUU dónde es imposible que existan resabios de cualquier clase nobiliaria. La única diferencia enrte Harford y la gente con la que se rodea, entre él y Víctor, es, justamente, la cantidad de dinero. De ahí, que la duquesas de la secta de la novela se conviertan, en el film, en mujeres con el superfluo título de reinas de belleza. La acumulación de capital es la única forma de poder acceder a una categoría social superior. Es por eso, que en Ojos bien Cerrados el “pagar de más” no signifique lo mismo que en Relato Soñado. Si hay algo que es peligroso para superar o siquiera mantener el status social en el caso de Harford  es, justamente, desprenderse de dinero. Y es esta  misma razón la que hace que el resto de los personajes jamás rechace un pago y menos uno excedido. Es significativo que “la cifra modesta” que le cobra el dueño de la tienda de disfraces a Fridolín se vuelva en el film la cantidad desorbitante de 375 dólares. Al ver, el vagabundeo de Harford, la forma en la que “malgasta” su dinero, su inasistencia a los compromisos laborales[1] no podemos dejar de percibir que hay algo más en riesgo que la salud física del protagonista. Cuando al final del la nouvelle, se nos dice que los personajes dejaron de soñar, entendemos que no aspirarán más a acceder a una clase decadente de la cual no forman parte; cuando en Ojos bien Cerrados, Alice dice como última frase del film “ Fuck”, está haciendo mucho más: está rompiendo con la ensoñación, con la fantasía de modelo familiar que sostiene a su propia clase .Si la vuelta al seno familiar de Harford , hizo que el espectador se tranquilizase ante la amenaza de la caída del héroe, la última frase de Alice vuelve a reinstaurar la amenaza volviéndola casi una certeza. Sin la ensoñación que sostiene al la familia burguesa, sin la castración de su modelo melodramático,  poco puede esperarse de que el valor del dinero y el status social se mantengan inalterados para los Harford.


Apr 14, 2011

Circuitos del deseo. Eyes Wide Shut.


“Maybe I think we should be grateful… grateful that we’ve managed to survive all of our adventures, whether they were real, or only a dream…”
Alice Harford. Eyes Wide Shut.

Stanley Kubrick es un cineasta de dificultosa clasificación. A simple vista no parece moderno, en tanto que su cine no se construye sobre las impurezas de la realidad, pero tampoco se aparenta como clásico, dado que sus films no se enmarcan completamente en la integridad de los géneros.
En su artículo “Más grande que la vida. Notas sobre el cine contemporáneo.”, Silvia Schwarzbock esboza la teoría de que en el cine actual se manifiesta una nueva fase de la cinematografía, en donde las formas anteriores – el clasicismo y la modernidad - se reciclan como una tensión latente dentro de las películas. No quedando olvidadas o caducas, sino asentándose como un conflicto interno que asume las formas de pureza e impureza.
“…recién con el cine contemporáneo aparece un discurso donde se puede reconocer la diferencia entre la dimensión moral del cine y un mundo –el real- que carece de esa dimensión. Allí, lo incompatible entre ambos se recorta sobre un fondo común, porque existe un horizonte de significación que hace de la diferencia una diferencia.” [1]
Películas como Lolita o Full Metal Jacket parecerían dar cuenta de esta situación. Dado que en ellas, se retratan ficciones en donde las pulsiones contradictorias del hombre se presentan en tensión con las distintas normas. Siendo los preceptos morales en el primer caso y el reglamento del ejército en el segundo.
Pero es en Eyes Wide Shut - su última película- donde se despliega un mundo en el que el deseo en la órbita de una normatividad familiarista y capitalista, erige una especie de pureza. Una convención fuera de la cual nada se permite, y que sabido es, construye las bases de nuestra cultura. No obstante, tal como se presenta, aquel marco es amenazado por la fuerza pura del deseo. Que se impulsa sin dirección y carente de moralidad. De ahí que el mundo de Bill Harford, el protagonista, se sacuda ante la confesión de su esposa Alice, quien le declara haber deseado a otro hombre. Dando lugar a un nomadismo de compleja lectura en el que el compromiso matrimonial de Bill es puesto a prueba.  
Todos ellos, factores de una deriva fundada negativamente - como una carencia o una falta -, en tanto es motivada por una desmarca de la cultura: la mujer como sujeto de deseo, y no como una pulsión afirmativa del personaje.
Pero se constituye además, dicha errancia, como la posibilidad de un sueño. Principalmente través del monólogo con el que el personaje de Nicole Kidman cierra el film, dado que este inaugura – en retrospectiva - una potencialidad de lectura. La posibilidad de que el circuito de imágenes que, previamente, se habían configurado como una manifestación errática del deseo de Bill Harford, puedan ser leídas también como una deriva inconsciente de sus sueños. Nos referimos aquí, al desfile de escenarios, de circunstancias, de situaciones ópticas y sonoras puras en términos de Deleuze, que lo habían vuelto un espectador de sus propias pulsiones prohibidas. Como una imagen cristal que alterna entre la vigilia y el sueño asumiendo cada una la forma de una actualidad/virtualidad intercambiable. Constituyéndose la inicial virtualidad  - la vigilia - como aquel no-lugar donde las pulsiones dormidas buscan fallidamente actualizarse.
Pero no se trata aquí de un truco barato aprendido en alguna escuela de cine, o de un sobresalto final que pretenda, a través del manto de duda, esbozar una conclusión fácil para un film que no la necesita. Sino que la frase se teje, en su lugar, en coherencia con ese circuito incompleto – o conjunto de circuitos –  por los que Bill transita.  La paciente, la prostituta y la orgía, todas ellas pulsiones ilícitas cuya concreción  se va interrumpiendo repetidamente. Dado que son el marido, el llamado de Alice y el reconocimiento en la orgía, aquellos agentes de un superyó represivo que se va interponiendo en su vagabundeo deseante. Además de la escena en la que Alice descubre la máscara, cuya efectividad no se fija tanto por el valor del disfraz en sí, sino por el descubrimiento de la interioridad de su esposo que dicho hallazgo asienta. Otro punto en donde el film se revela como filtrado por el inconsciente de Bill Harford, espacio complejo donde a través de los hechos se sucede su resentimiento, su deseo y su culpa.
Pero por otra parte, es el “fuck” final de Alice Harford aquel dispositivo erigido como una tentativa por relativizar la importancia de la voluntad de su marido. Quizás como un intento impaciente por devolver el orden y por reintegrar la normalidad. Porque son estos dichos, los que explicitan la tentativa burguesa de reestablecer la pureza, de devolver – en otras palabras – el placer sexual a la órbita de la familia. Y de restituir el orden ideal amenazado por el devenir puro del hombre.


[1]  Silvia Schwarzbock.  Más grande que la vida. Notas sobre el cine contemporáneo. Kilómetro 111, número 4. Pág. 17


Juan Almada